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COLUMNA DE JUAN PABLO CARDENAS

Publicado en Radio Universidad de Chile

Al margen de las cuentas que pase la historia y de los reconocimientos que interna e internacionalmente se le hacen al mandatario saliente, lo que ya se advierte es que en estos años se ha avanzado nada o muy poco en el objetivo de equidad. Es decir, la brecha entre los ricos y los pobres sigue siendo abrupta y escandalosa y se constituye en un riesgo para la seguridad de todos los chilenos.

por Juan Pablo Cárdenas    

Publicado el 10-03-2006 6:45:07

Estamos en plena hora de balances políticos. Empiezan a escribirse las primeras líneas sobre lo que fue el último sexenio presidencial, aunque todos los analistas reconocen que todavía parece muy prematuro juzgar la obra del Presidente Lagos. La caprichosa historia nos enseña que hay gobernantes que terminan muy desacreditados pero que, con los años, son notablemente reivindicados. Al mismo tiempo, nos da cuenta de caudillos o líderes que hasta su último día mantienen muy alta su popularidad y que,  posteriormente, su obra se demuestra más bien discreta.

De Frei Montalva, Salvador Allende y del propio Dictador todavía no se expresan todos los elogios y recriminaciones. Asimismo, sólo el futuro  podrá sacar cuentas más precisas de cuánto hicieron y dejaron de hacer los gobiernos de la Transición. Los cambios tienen que ver mucho con el tiempo que tomen en implementarse, así como cuánto se sostengan en el porvenir. Aunque ahora se haya derrumbado, todo el mundo asume que el viaducto sobre el Malleco fue una obra colosal y visionaria, como el propio Estadio Nacional y esa enorme cantidad de establecimientos que pusieron cimiento a una sólida educación pública. Hay quienes auguran que la reforma al sistema previsional, aplaudida hasta por los detractores de Pinochet, más temprano que tarde será completamente denostada. Lo mismo ha ocurrido con la celebrada creación de la CORFO y el desarrollo de grandes empresas del Estado que luego fueron pulverizados por las privatizaciones y la estrategia de postrar nuestra economía al capital extranjero.

Hay mandatarios que quieren ser reconocidos por sus obras públicas; otros, por sus reformas estructurales. Existen jefes de estados que cifran sus méritos en la posibilidad de que el sucesor sea de su mismo color político; sin embargo, también hay quienes creen conveniente colaborar con la alternancia en el poder. En fin, en el futuro no sería raro que al actual Presidente se le reconozca también el mérito de cederle por primera vez el sillón presidencial  a una mujer. Pero ello dependerá en buena medida de cómo se desempeñe Michelle Bachelet.

Al margen de las cuentas que pase la historia y de los reconocimientos que interna e internacionalmente se le hacen al mandatario saliente, lo que ya se advierte es que en estos años se ha avanzado nada o muy poco en el objetivo de equidad. Es decir, la brecha entre los ricos y los pobres sigue siendo abrupta y escandalosa y se constituye en un riesgo para la seguridad de todos los chilenos. Sobre todo si se considera que hay zonas y poblaciones del país en que los niveles de desempleo se alzan sobre el 40 por ciento y se cuentan por decenas de miles los jóvenes cuya desesperanza los insta a delinquir y enredarse en actividades ilícitas para subsistir. Por lo menos la mitad de la población enfrenta graves carencias, mientras que un 10 por ciento alcanza estándares de opulencia y dispendio que se la quisieran los más ricos en los países desarrollados.

Lo increíble es que se reconoce la sanidad de nuestras cuentas fiscales, las millonarias recaudaciones por el buen precio del cobre y, por ende, un superávit envidiable. Avanzamos a convertirnos en una potencia alimentaria y los organismos financieros internacionales nos tildan de ser los más confiables de América Latina en el trato a los inversionistas. En concreto, se acepta que en Chile hay dinero suficiente para erradicar la extrema pobreza y efectivamente mejorar los sueldos y salarios. Tanto, que incluso nos ufanamos de prepagar nuestra deuda externa.

¿Por qué no se avanza, entonces, en acortar la brecha entre pobres y ricos? Simplemente, porque el modelo económico y social vigente es intrínsicamente perverso y requiere de que haya mano de obra muy barata para que nuestras exportaciones sean competitivas. Un modelo cruel que seduce al capital foráneo con la posibilidad de ganar utilidades como en ningún otro país de la tierra. Al precio, desde luego, de que nuestros trabajadores se rompan el lomo y vivan sin muchas expectativas de educación y consumo.  A riesgo de destruir nuestros ecosistemas, de agotar nuestras reservas mineras y recursos que podrían ser renovables.

¿Y es que nuestras autoridades tienen sentimientos aviesos? No, por supuesto que no. Solamente que son incompetentes y no tienen más  ánimo que administrar lo que les han heredado. Con más sensibilidad social, sin duda, pero sin ningún aplomo para reconocer que ya es hora que la política y los genuinos estadistas reconozcan el fracaso del capitalismo en su versión más indecente y salvaje. Y se avengan a construir un mundo nuevo en que la economía se haga solidaria con todos.

Antes de que se haga tarde y la convulsión social tome la palabra.

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